Una tarde en la parroquia de San Miguel de Oteiza. Arte, música y literatura en torno a la Semana Santa. La integración de las artes

12 Junio 2009

La sociedad secularizada en que vivimos ha convertido la Semana Santa en poco más que un periodo vacacional a mitad de camino entre el fin de año y el verano. Por eso, buena parte de la ciudadanía apenas alcanza a percibir la importancia de un tiempo litúrgico lleno de resonancias religiosas, culturales y artísticas.

Con el deseo de subsanar en la medida de lo posible ese déficit, y animados por la buena acogida tenida el año anterior en el extraordinario marco barroco de la iglesia de Santa María de Los Arcos, la cátedra de Patrimonio y Arte Navarro decidió programar una actividad similar en un marco más modesto y en un ambiente más familiar: la iglesia de San Miguel de Oteiza.

La tarde del 7 de abril, martes santo litúrgico, un buen número de vecinos de Oteiza, además de personas procedentes del antiguo arciprestazgo de La Solana, junto con las llegadas expresamente de Pamplona, tuvieron la oportunidad de apreciar que esas artes, normalmente conjugadas en singular -música, poseía, arte propiamente dicho-, pueden ser degustadas en plural, tratando, como rezaba el subtítulo de la sesión, de integrarlas a todas.

Tras las amables palabras de Ángel Mauleón, párroco de Oteiza, y de José Ángel Bermejo, alcalde de la localidad, Ricardo Fernández Gracia presentó el marco general bajo el título “El paso procesional de Semana Santa: empatía, devoción y arte”. Colaborador fiel en cuantas ocasiones se ha requerido su presencia en otros ciclos programados por la parroquia y el ayuntamiento, el profesor Fernández Gracia unió conocimiento, juego didáctico y disciplina para subrayar lo esencial de un proceso que, como el propio barroco, se prestabas a múltiples derivadas. Los retablos barrocos, algunas imágenes procesionales, y los fuertes y atinados tonos coloristas de la última intervención realizada en los últimos años sirvieron de adecuado marco a esta presentación general.

Un aperitivo nada frugal, ofrecido por el ayuntamiento en los locales de la casa consistorial, permitió un descanso y una animada conversación a buena parte de los asistentes.

La segunda parte de la velada la ocupó la música de órgano y la poesía, en un marco y en un contexto especialmente adecuados. El órgano romántico de la parroquia, poco propicio a las sutilezas del barroco, dio paso a una música especialmente vinculada a otros periodos históricos: Johannes Brams, el Padre Donostia, Jean Alain y Eduardo Torres. El maestro Raúl del Toro ayudó a elevar la mirada, serenar el ánimo y transportar el espíritu a otros espacios. La música seleccionada fue más sutil que grandilocuente, más íntima que apoteósica. Y el órgano, acostumbrado a tareas de menos fuste, demostró a las claras sus posibilidades.

La selección literaria corrió a cargo del doctor Javier Medrano, catedrático de Lengua y Literatura del I.E.S. Plaza de la Cruz, que introdujo, a su vez, cada uno de los poemas.  Los textos de Santa Teresa, Antonio Machado, Gabriel Miró y Gerardo Diego, constituyeron un excelente ejemplo de la mucha y rica literatura religiosa hispánica.

Un acto de estas características necesitaba un hilo conductor que permitiera servir de nexo a las distintas partes que lo componían. Esta tarea la realizó el doctor Román Felones Morrás, colaborador ocasional de la Cátedra y afincado en la villa desde hace muchos años.

La velada nos deparó una última sorpresa no prevista: la actuación del coro parroquial de Oteiza, dirigido por Ramón  Ayerra, que quiso sumarse al acontecimiento. Una coda final recibida con gratitud y aplausos por los asistentes.

Divulgar el patrimonio es tarea esencial de la Cátedra. Y divulgarlo en la Navarra rural, a la que no llega tan fácilmente la cultura, es objetivo doblemente importante. Sólo resta desear que el camino emprendido no sólo se afiance, sino que, en la medida de lo posible, se incremente.

El acto, organizado por la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro de la Universidad de Navarra, contó con la colaboración del ayuntamiento de Oteiza y las parroquias de Oteiza, Villatuerta, Dicastillo, Arellano, Allo, Aberin y Muniáin.


Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 11.- Una visita al Mar Muerto (18 de abril)

3 Mayo 2009

Nos acercamos al final de nuestro viaje. Tras la amanecida en Wadi Rum y el recuerdo de las incidencias nocturnas, desandamos camino hacia el norte. De nuevo la autopista del desierto, esta vez sin la tormenta de arena y el desagradable recuerdo del accidente.

Tras varias horas de camino llegamos hasta nuestro último hito artístico, la fortaleza de Querat, un bastión cruzado en la Transjordania musulmana. Impresionante también su ubicación y su grandeza, por más que le falte la calidad y estética de su homónima siria del Krak de los Caballeros. Ahora bien, sus múltiples estancias y sus siete pisos dan fe de una obra colosal en espera de tiempos mejores.

El descenso desde Querat, a 1200 metros de altura, hasta el Mar Muerto, a 400 metros bajo el nivel del mar, el punto más bajo del planeta, presenta un gran interés geológico e histórico. Profundas gargantas y pendientes vertiginosas nos conducen, a través de la carretera real, al Mar Muerto, cada vez más muerto y menos mar. La tierra de enfrente, el Negev y la Cisjordania, suponen constantes evocaciones bíblicas. El territorio por el que pasamos es la tierra de Sodoma y Gomorra, de Lot y sus hijas, hoy dedicado a la agricultura y el turismo. En uno de los hoteles de levantados al norte, nos cambiamos, y bajamos hasta la playa. Las aguas están sucias y son especialmente salinas, hasta flotar literalmente en ellas. Nos embadurnamos de un barro no sé si salutífero, pero sí algo pestilente, y cumplimos con el ritual convenido.

Del Mar Muerto y su microclima, donde disfrutamos de un día plenamente veraniego, partimos hacia Ammán, de nuevo a través de empinadas colinas surcadas por la nueva autopista que une la capital con Aqaba. Ammán se nos ofrece bulliciosa y festiva al atardecer, descubriendo parte de sus encantos. Recorremos algunos barrios aristocráticos, pasamos por otros de clase media, hasta llegar al centro histórico de la romana Filadelfia.

Esta visita ratifica nuestra impresión primera: limpia, aseada, correcta, blanca y algo monótona, la ciudad es un buen espejo de un pequeño país que ha sabido encontrar su sitio y su oportunidad en un zona de guerra y de conflicto. Esperemos que encuentren la estabilidad deseada en medio de vecinos especialmente belicosos y que la paz extienda su manto y su presencia sobre una zona marcada por la guerra. ¡Que con vosotros siempre esté la paz!


Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 12.- Conclusión

3 Mayo 2009

Concluyo con estas notas mi primera incursión en un cuaderno de viaje colgado en la red. No es la primera vez que recojo mis impresiones de viajes culturales realizados a España u otros países, sobre todo de la vieja Europa, que es lo que mejor conozco. Pero pasarlo al blog es un salto cualitativo que tiene su riesgo. Reitero que mi intención no ha sido otra sino fijar mejor mis recuerdos y vivencias, compartirlas con los compañeros de viaje, magníficos por cierto, y animar a los que se acerquen a estas líneas a conocer dos países estupendos. Ya sé que probablemente se echará en falta algunas fotos que ilustren los comentarios de los lugares más emblemáticos. O incluso algunos hermosos dibujos que he recibido de personas que hicieron el viaje durante los mismos días que nosotros y que han querido compartir conmigo la evocación. En todo caso, prefiero que en esta ocasión prime la reflexión cultural y la austeridad formal. Tiempo habrá de perfeccionar el modelo.

Gracias a todos los que han hecho posible un viaje tan hermoso. A Rosa y Nicanor, al padre Donázar y a los antiguos alumnos del Verbo Divino, a los viejos conocidos y a los nuevos amigos.

A todos los que os habéis acercado al blog, gracias por el detalle y el esfuerzo. Espero que os hayan interesado algo las reflexiones y os permitan pasar algún buen rato recordando los agradables momentos vividos. Y a los que estén pensando en viajar, no lo duden. Los países y sus gentes merecen la pena. Ni unos ni otros os defraudarán.


Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 10.- Una noche en Wadi Rum (17 de abril)

2 Mayo 2009

La jornada de Petra, intensa en lo cultural y en lo físico, es compensada al día siguiente con una mañana para el descanso. Sin prisa, tras un desayuno tardío, nos despedimos de la ciudad nabatea y su entorno. El hotel tiene un emplazamiento privilegiado, con la tumba de Aarón presidiendo la montaña de enfrente y Petra a nuestros pies. Y allí queda, en su cofre perenne, a la espera de que nuevas generaciones recorran su desfiladero y sigan extasiándose ante la fachada del tesoro.

El paisaje calcáreo del camino no depara más que tierras desoladas y jaimas diseminadas de beduinos que cuidan sus rebaños, algunos, eso sí, con parabólicas a la entrada. Ocasión que Abdul, nuestro guía, un joven y culto jordano licenciado en Filología Francesa y especializado en Traducción e Interpretación en Granada, nuestra tierra y la suya, aprovecha para responder a nuestras preguntas e introducirnos en la realidad de su tierra. Progresivamente la orografía ha ido cambiando y la arena ha ido ganando terreno a la tierra arenisca y caliza dando paso al granito y el basalto.

Estamos en Wadi Rum, tierra adoptiva de Lawrence de Arabia, descrita por él en su libro “Los siete pilares de la sabiduría”. El espacio es bellísimo e impresionante en su estructura orogénica y geológica. Ha sido declarado reserva natural y sometido a severas normas de cuidado y aprovechamiento. En cómodos cuatro por cuatro iniciamos una pequeña excursión por el desierto. Roquedos graníticos con pinturas rupestres de caravanas estilizadas de la época nabatea, próximas en estética a nuestro arte levantito, nos hablan de la antigüedad de la ruta caravanera que atravesaba estos lugares camino de Arabia o Siria; camellos y beduinos en los lugares más insospechados con jaimas llenas de productos artesanos y un te como bebida de bienvenida; y grandes bloques casi monolíticos entre arena roja y finísima, son objeto de atención en nuestras paradas. El sol va declinando y es hora de llegar al campamento en el que supuestamente descansaremos. Al abrigo del roquero, efectivamente, aparece nuestro campamento. Una serie de jaimas encadenadas, una somera zona de servicios y un fuego central con las omnipresentes teteras al fuego a cargo de un simpático y burlón egipcio de tez morena, constituyen nuestro improvisado hotel. Es la hora de la puesta de sol y las dunas, altozanos y roquedos se llenan de turistas que pretenden disfrutar del espectáculo. Un pequeño grupo decidimos hacerlo un poco más exótico aún, y a lomos de unos camellos guiados por unos adolescentes beduinos, nos acercamos hasta un lugar propicio próximo al campamento que ellos conocen bien. La puesta de sol, la misma que contemplo asiduamente desde la Solana, con Montejurra y Monjardín al fondo, es hermosa, pero no me parece especialmente arrebatadora.

La noche tuvo todos los alicientes de una jornada para adolescentes y me retrotajo a mis días de la mili en Camposoto y Ceuta, allá en el lejano 1975. El espeso silencio de la noche, tachonada de estrellas, lo amplifica todo y el rincón del cañón donde estaban ubicadas nuestras tiendas añadía un eco suplementario: ruidos de motor, perros, gatos en celo, risas, ronquidos y toses estruendosas resonaron como nunca.

A la cinco y cuarto de la mañana me levanté para ver amanecer en el desierto. Y este espectáculo sí mereció la pena. Caminé solo hacia las dunas próximas, vi perderse constelaciones y estrellas, aguantó la luna y poco a poco la claridad fue apoderándose del lugar. Y, de pronto, los roquedos fueron inflamándose de una luz rosada que cambiaba la faz del entorno. Y a medida que el sol subía, inundaba con su luz la mañana, y la roca casi roja instantes antes perdía fuerza y pasaba a un rosa pálido, el color con el que la conocimos el día anterior a nuestra llegada. Una experiencia más en un día dedicado a la naturaleza, dueña y señora casi absoluta de este entorno casi mágico.

La incomodidad dejémosla para otro momento. No olvidemos que no una noche, sino toda la vida viven los beduinos en estas condiciones. Y probablemente no desaparecerán por esto, sino como consecuencia de la civilización, la nuestra, que tantas mejoras aporta.


Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 9.- Petra, la ciudad dormida de los nabateos (16 de abril)

1 Mayo 2009

El hotel Panorama está situado en lo alto de la colina, a la salida de Wadi Musa, el pueblo más próximo a Petra. Desde su mirador, se divisa una cadena de rocas areniscas que emerge en medio de un paisaje llano y casi desértico. ¿Dónde está la ciudad?, me preguntaba tras leer las informaciones sobre la misma. No es fácil hacerse a la idea, porque en Petra casi todo es misterio.

En primer lugar, su ubicación. Un impresionante desfiladero de más de 1200 metros, con alturas superiores a los 70 metros y anchuras que, en algunos tramos, apenas superan los dos metros, es la única entrada a la ciudad. Una ciudad situada en la ruta de las caravanas, que los nabateos aprovecharon para construir un reino floreciente, aunque bastante efímero, entre los siglos II a.C. y II d. de C. Tras la conquista por el imperio romano, comenzó una lenta y progresiva decadencia, que le llevó a desaparecer literalmente del mapa hasta su redescubrimiento para el arte y la cultura universal a comienzos del siglo XIX, por parte del viajero e investigador anglo-suizo Johann Ludwig Buckhardt.

En segundo lugar, su finalidad. ¿Es Petra una ciudad de muertos o de vivos? Porque lo que hoy define a la ciudad es una sucesión de tumbas excavadas en la roca, desde las más modestas a las más espectaculares. Con una particularidad, lo que las caracteriza son sus impresionantes fachadas talladas a cincel en la roca, sin apenas otra finalidad que contener en una habitación relativamente reducida el cuerpo del difunto. Son fachas tumba, algunas de dimensiones extraordinarias. 60 por 40 tiene la llamada “el monasterio”, situada en lo alto del peñasco, tras subir los 900 escalones que conducen a su cima. La mezcla helenística, romana y nabatea define un estilo más grandioso que exquisito, más espectacular que preciosista.

La ciudad romana, aportación del imperio tras la conquista, nos ha dejado un buen ejemplo bajoimperial, pero nada novedoso, tras conocer las grandes ciudades de la zona.

Pero la pregunta sigue en el aire. ¿Dónde vivieron los habitantes de esta ciudad de 30.000 habitantes, con un teatro para 3500 espectadores? Habitantes muchos de ellos ricos mercaderes, funcionarios y oficiales que dirigían la administración de un reino que se extendía desde Siria hasta Arabia. ¿Y dónde residían los mercaderes y caravaneros que llegaban a la ciudad, deseosos de encontrar refugio y comodidad tras la dura travesía del desierto? Nada, absolutamente nada nos ha quedado de ello, sólo una montaña horadada, con estancias dedicadas más a preparar la otra vida que a disfrutar de la presente.

El paseo a lo largo de la ciudad, en medio de turistas llegados de medio mundo, es bueno para el cuerpo y el espíritu. Explicaciones históricas y artísticas, y vistas espectaculares con la piedra de color cambiante en función de la luz solar se suceden ininterrumpidamente. Todo ello entre el ir y venir de caballos, calesas poco más que carromatos decadentes y burros conducidos por niños y adolescentes que trepan por escaleras y riscos perfectamente adaptados al medio. Los beduinos, en otro tiempo habitantes de la ciudad decadente y perdida, sirven hoy mayoritariamente al turismo y acompañan con sus tenderetes los rincones más recónditos de la misma. Un pueblo que me recuerda en parte a los pieles rojas de Norteamérica, probablemente más seguros económicamente aún a costa de perder parte de su indómita autonomía y su oscura belleza.


Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 8.- Una tormenta de arena (15 de abril)

1 Mayo 2009

El retraso acumulado en la tarde de ayer, nos impidió visitar Gerasa, la ciudad romana del norte de Jordania. Una suerte, porque hoy hemos tenido ocasión de disfrutarla a primera hora, frescos la mente, los ojos y el cuerpo. ¡Qué descubrimiento! Una ciudad de los siglos II El retraso acumulado en la tarde de ayer nos impidió visitar Gerasa, a IV completa, con sus puertas, sus templos, sus teatros –el del sur con una perfecta sonoridad-, su foro oval, su cardo y su decumano, además de las iglesias bizantinas y mezquitas reconvertidas. Una ciudad tapizada de verde en esta fresca mañana primaveral, más completa que Palmira y Apamea, aunque le falte el exotismo de la primera y la impresionante grandiosidad de la segunda. En todo caso, aunque los elementos singulares la superen en ambas, el conjunto de Gerasa es más completo y revelador.

De Gerasa, atravesando de Nuevo Ammán, nos hemos acercado a la Jordania bíblica, en concreto al Monte Nebo. Pocos espacios tan evocadores en el Antiguo Testamento. Moisés, que ha guiado a su pueblo desde Egipto a través del desierto, contempla desde este altozano la tierra de Canaán. Y aquí morirá, viendo a lo lejos el Jordán y la ciudad de Jericó. Todas estas historias y algunas más se hacen presentes junto al convento de los franciscanos, custodios de los Santos Lugares y creadores de una escuela de arqueología que todavía hoy continúa con sus investigaciones.

Madaba es nuestra siguiente parada. La ciudad es hoy conocida por su importante minoría cristiana, sus talleres musivarios y el famoso mosaico de la iglesia ortodoxa de San Jorge, que recoge más de 150 lugares bíblicos.

Tras la comida en Madaba, iniciamos el descenso hacia Petra por la autopista del desierto. Y en medio del viaje, aparentemente cómodo y sencillo, nos topamos con lo impredecible. Una tormenta de arena nos impidió prácticamente la visibilidad y nos vimos involucrados en un accidente múltiple. Los médicos y enfermeras del grupo corrieron en auxilio de una familia numerosa, que fue literalmente embestida por el autobús que nos precedía. Un volantazo de nuestro chofer nos salvó de chocar con el autobús y nos permitió librarnos de un inmenso camión que venía detrás de nosotros. Tras unos minutos de confusión y cierta angustia, los heridos fueron evacuados en dos ambulancias del Servicio Jordano de Salud, en una acción coordinada y eficaz. Nosotros tuvimos que esperar en la estación próxima la llegada de un autobús nuevo desde Ammán, porque los desperfectos impedían al nuestro continuar el viaje. No puedo menos que sentir un legítimo orgullo de María Luisa, mi mujer, que discreta y sin alardes, atendió a los heridos y estuvo una vez más en su sitio.

Una vez más constatamos que, desatadas las fuerzas de la naturaleza, la vida se juega en un suspiro. Esta vez, la suerte o la Providencia estuvo de nuestro lado. No quiero ni imaginarme el sesgo que podía haber tomado el viaje, si el accidente nos hubiera afectado directamente a nosotros.

La llegada a Petra, a través de unas larguísimas rectas trazadas en el desierto, se demoró más de la cuenta. Tras el mal trago, la cena y la cercanía de la mítica ciudad ayudaron a cerrar el día. Contábamos con todo, pero se nos atravesó lo imprevisto, la tormenta de arena en el desierto.


Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 7.- Cuestión de fronteras (14 de abril)

30 Abril 2009

La madrugada –nos levantamos a la seis de la mañana- nos depara un gratísima sorpresa. El comedor del hotel está situado en el palmeral, justo enfrente de la zona de tumbas y la ciudad histórica. Y el sol, que incendió ayer por la tarde la piedra rosada de los edificios en pie, los recorta también ahora, nítida y sutil, con el primer sol de oriente.

Allá queda Palmira, la bien regada y surtida, la deseada y, en buena medida, la efímera. Algo más que una postal turística, que quedará para siempre en mi recuerdo.

El camino de regreso a Damasco, a través de la estepa, refuerza nuestra impresión primera: oasis, manchas verdes, olivos y fosfatos, a lo largo de una carretera atestada de camiones camino de Irak.

La travesía de Damasco presenta todos los inconvenientes y problemas de las grandes metrópolis. Y de allí al sur, otra fértil región de la Siria verde, donde la tierra roja y el basalto se hacen presentes por doquier.

Bosra, nuestro objetivo de la mañana, es una ciudad situada casi en la frontera con Jordania. A pesar del largo viaje, el teatro merece la pena. Hecho en basalto, la piedra oscura local, es el más completo de los que conozco de todo el mundo romano. Una escena casi completa y una cavea fuertemente pronunciada y en magnífico estado de conservación, permiten disfrutar de una obra maestra de la arquitectura e ingeniería romana del siglo II, afortunadamente respetada por Saladito, que lo fortificó como una ciudadela en pleno siglo XII. Una actitud que constrasta vivamente con la de nuestros príncipes del renacimiento romano, que edificaron sus mansiones con la piedra del Coliseo.

La trámites burocráticos de la frontera sirio-jordana nos exasperan y nos retrotraen a otras épocas. Tras idas y vueltas de nuestros guías y responsables conseguimos avanzar entre burocracias inexplicables hoy día. ¡Y nos quejamos de la Unión Europea! Bienvenidas sean la abolición de fronteras y la supresión de trámites. El mundo nos pertenece a todos.

La entrada en Jordania supone un escalón superior en casi todo: carreteras, comunicaciones, campos de cultivo, urbanismo, etc., incluso en el hotel que nos acoge.

A las seis de la tarde, comemos en un restaurante de carretera, en la autopista que nos conduce a Ammán. Al fondo, un río bíblico, y en las colinas de enfrente el recuerdo de los profetas camino de la tierra prometida. Estamos en el país de los amonitas, uno de los pueblos citados en el Antiguo Testamento como enemigos de Israel.

La Ammán moderna produce una grata impresión. Casas blancas y cuidadas, urbanismo respetuoso,  crecimiento rapidísimo y tráfico intenso. El hotel compensa la pesadez del viaje. De nuevo constato lo ya sabido, los viajes nos descubren como somos, con nuestras grandezas y nuestras miserias. Y hoy, las segundas han prevalecido sobre las primeras. Achaquémoslo a las circunstancias ligeramente adversas. Pero el viaje sigue y Jordania, país joven y dinámico, nos espera.


Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 6.- Palmira y la estepa (13 de abril)

30 Abril 2009

La partida de Aleppo es muy de mañana. De nuevo, por la autopista del Norte, desandamos el camino de ida hasta Hamma, la ciudad de las norias, de triste recuerdo por la revuelta integrista de los Hermanos Musulmanes contra Hafez el Asad y la brutal represión de éste.

En Homs nos adentramos hacia la estepa, camino de Palmira. Dos novedades ha tenido hasta ahora Siria para mí. La primera, encontrarme con un territorio rico y feraz. La segunda, apreciar que la estepa –la badía- y no el desierto, constituye la mayor parte del país. Terreno muy seco, pero no de arena, y por lo tanto productivo cuando hay un curso de agua o un pozo que la proporcione. Así queda de manifiesto en el camino hacia Palmira, con campos verdes de cereal, verdadero milagro en medio de tanto secarral.

Tras unas rectas interminables, aparece Palmira entre dos pequeñas cadenas montañosas. Nuestro primer contacto con la ciudad y su oasis de palmeras es la zona de las tumbas, en los extramuros del recinto urbano. Diseminados aquí y allá en la ladera de la montaña, se extienden a modo de torres de piedra los sepulcros de las familias nobles, que en otros casos se horadan en la roca en forma de hipogeo.

Pero Palmira es, sobre todo, la extensa ciudad histórica conformada por el gran templo, la vía sacra, la calle principal y los edificios públicos adyacentes. Un conjunto impresionante en dimensión y calidad. Una vez más queda demostrado que en Oriente, a diferencia de Grecia, la medida de todas las cosas no es el hombre, sino que el gigantismo lo invade todo. Así queda de manifiesto en Apamea y así se subraya de nuevo aquí. El estilo palmireño, a caballo entre Grecia, Roma y el mundo sasánida, es robusto, recargado y mestizo. Un paseo entre sus restos nos familiariza con Zenobia y sus sueños, y la puesta de sol desde la fortaleza termina definitivamente de encandilarnos. La piedra rosada refulge al sol, recuperando por unos momentos el esplendor del tiempo perdido. ¿Y la Palmira de hoy? Un gran poblachón con algunos hoteles de lujo y un turismo de horas, que se contenta con dar una vuelta por la zona arqueológica y seguir rumbo a otros lugares.

De estas y otras cosas sostengo una animada conversación con el segundo guía. El primero es Jacinto, nacido en Argentina, de padre sirio y madre de ascendencia gallega, un veterano y culto cicerone que conoce a la perfección todos los trucos de la profesión. Un regalo para un buen viaje, ya que él, en buena medida, marca la pauta y te permite un mejor acercamiento al mundo autóctono. El otro es Shalam, que respeta la jerarquía de Jacinto, y en su difícil vocalización, deja entrever una gran cultura. No estaba equivocado. La conversación entre tambores de columnas, entablamentos y capiteles a ras de suelo gira en torno a su actividad profesional y el estado cultural del país. Nuestro Shalam es ¡nada menos! que el jefe del departamento de arqueología de la Universidad de Damasco, la más importante del país. Un profesor universitario que realizó la tesis doctoral en Granada y todavía dedica algunas semanas al año a acompañar a grupos que buscan, además del tipismo, una mirada cultural sobre el territorio.

Cae la noche y Palmira queda en relativa penumbra. Lo que no impide que una tenue iluminación artística haga renacer otra ciudad más sugerente, poética e irreal. Un espacio y un momento idóneo para que Zenobia, la reina del desierto pueda moverse a sus anchas, No la ví, pero seguro que su espíritu siguió nuestros pasos.


Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 5.- El Dios de las dos religiones (12 de abril)

29 Abril 2009

Hoy, domingo de resurrección, día también de fiesta en el mundo musulmán, dedicamos la jornada a Aleppo, la activa, febril e industrial capital del norte, con 3,5 millones de habitantes, y sus alrededores.

Nuestra primera visita es a una de las joyas del arte tardorromano del próximo Oriente: el complejo monástico de San Simeón Estilita, el eremita que vivió 27 años subido en una columna. La dimensión, calidad y perfección del conjunto supera con creces lo imaginable. En medio de un paisaje pedregoso hasta el extremo, en lo alto de una colina descarnada, se encuentra Qalat Simon. Un pórtico de entrada da paso a un baptisterio octogonal de una inusitada perfección. La Vía Sacra conduce a un complejo monástico articulado en torno a los restos de la columna, hoy apenas una masa informe de no más de dos metros de altura. Cuatro brazos iguales de tres naves cada uno, uno de los cuales provisto de ábsides constituye la basílica propiamente dicha, son el exponente de gran nivel alcanzado por el arte tardorromano de Oriente: piedras perfectamente escuadradas, decoración exquisita –sogas, ajedrezado jaqués, hojas de acanto, cruces patadas-, arcos de medio punto y columnas de acrisolado clasicismo nos permiten adelantar en casi 600 años los mejores resultados del románico occidental y encontrarnos con elementos retomados por el renacimiento, en pleno siglo XVI.

Hoy, Qalat Simon era un hervidero festivo, con los niños de las aldeas del entorno y sus profesores visitando el conjunto en grupo o en familia. Actitudes, rostros y vestimentas que me han recordado mi niñez en Los Arcos, recién salidos de la miseria de la guerra y transitando ya por la austeridad y pobreza de los años cincuenta.

Aleppo conserva sorpresas bien distintas. Una en lo alto, la ciudadela, otra bien resguardada, el imponente zoco que ocupa buena parte de su centro histórico. La fortaleza es la réplica musulmana al Krak de los Caballeros cruzado. Una colina natural, unida a los estratos de civilizaciones antiguas han dado como resultado la actual ciudadela, el mejor ejemplo de estructura militar murada de todo el Próximo Oriente. Una obra que, pese a su carácter netamente defensivo, no olvidó las proporciones ni la belleza en su estructura y decoración.

La visita a la mezquita, también en día festivo, nos ha permitido apreciar de nuevo el respeto y la tradición en torno al hecho religioso. Pese a todo, la mujer, en su mayor parte cubierta de negro, y no pocas con sólo los ojos al descubierto, sigue siendo la gran incógnita de estos países. ¿Podrá sobrevivir la actual situación o se abrirá a nuevos horizontes?

La tarde la dedicamos a visitar el zoco, una inextricable sucesión de callejas y laberintos donde la bullía la vida y el tiempo parecía haberse detenido. Olor penetrante, agobio, vida, mezcolanza, habilidad para el negocio y seguridad personal son las impresiones de la visita.

El día termina con un espectáculo folklórico en pleno centro histórico, en un viejo caravansarai, hostal de caravanas para hombres y camellos, del siglo XIII. El espectáculo en sí parecía de andar por casa, pero los derviches siempre tienen un punto difícil de encajar. Un niño, dos jóvenes y un adulto dieron vueltas y vueltas, en un espectáculo entre folklórico y religioso.

Tras la vuelta por la medina, hermonsa, decadente, sucia y solitaria a esta hora de la noche, regresamos al hotel. Un día completo y pocas horas de sueño. Mañana el despertador sonará a las 6,30. Palmira y Zenobia, las reinas del desierto, nos esperan.


Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 4.- La Siria fértil y verde (11 de abril)

28 Abril 2009

Iniciamos nuestro viaje hacia el norte de buena hora. El fértil oasis de Damasco cede progresivamente paso a la cadena del AntiLíbano y el verde se transmuta en un pardo omnipresente. Nuestra primera parada es Maaloula, una aldea de mayoría cristiana con una singularidad: sus habitantes conservan como preciado don la lengua aramea, casi con seguridad la lengua natal de Jesús de Nazaret. En el monasterio de los Santos Sergio y Baco, situado en la cima de la montaña, parcialmente excavado en la roca, un monje católico de rito griego, nos recita el Padre Nuestro en arameo. Así se dirigía Jesús al Padre, y así nos dirigimos todavía hoy a Él. ¡Venga a nosotros tu Reino! La iglesia, un pequeño recinto de planta de cruz griega con un iconostasis y un altar peculiar, se remontan al siglo VI, en plena época bizantina, y resulta evocadora y llena de resonancias.

La autopista nos introduce en el valle del Orontes, el río rebelde, un de los escasos cauces de agua que discurren de sur a norte. Con el Líbano a la izquierda y el monte Hermón en el horizonte, el Orontes riega un frondosísimo valle dominado por la ciudad de Homs, la tercera ciudad de Siria, y el Krak de los Caballeros.

La fortaleza es impresionante y la evocación de los cruzados algo más que inevitable. Pero toda la pericia del mundo y una gran calidad arquitectónica y militar no fueron suficientes para contener el empuje musulmán, y lo que Saladito no consiguió a mediados del siglo XII lo llevó a efecto el sultán mameluco Baybars en 1271. Impresiona el monumento en el artístico y en lo histórico. Y sorprende mucho más encontrar uno de los mejores ejemplos de arquitectura gótica defensiva en pleno Oriente Medio, en Siria, sueño de los cruzados camino de Jerusalén.

Continuamos por el fértil valle del Orontes, tierra roja como nuestra Berrueza y suelta como la orilla del Ebro, hasta llegar a Hanna y sus famosas norias, hoy mortecinas y malolientes debido al escaso caudal del río. Y entre vestigios romanos, árabes y bizantinos llegamos a uno de los hitos de nuestro viaje, la helenística Apamea, espléndida en su desoladota decrepitud. ¡Un cardo máximo, porticado y deslumbrante, compuesto por casi mil columnas! A tramos levantado, a tramos caído, a tramos sepultado, Apamea, un bello regalo de Seleuco I a su esposa, es la ruina helenística más espectacular que he conocido hasta el presente. Confiemos en que el tiempo y una organizada campaña de excavaciones permita descubrir parte del esplendor perdido y devolver a Apamea a los libros de historia de los que un día desapareció.

Cae la tarde en medio de columnas y entablamentos corintios y compuestos,, el sol declina e iniciamos nuestro último tramo hasta Aleppo. Cansados y satisfechos llegamos al hotel, situado en un barrio residencial, en medio de bloques de piedra rosada que me recuerdan y mucho a Salamanca.

No olvido que hoy es la Vigilia Pascual, una noche especial e inolvidable en la que Jesús Resucitó y con él todos nosotros. Si Jesús no ha resucitado, nos recuerda San Pablo, vana es nuestra fe. Unas lecturas alusivas a la Vigilia constituyen mi último recuerdo. ¡Feliz Pascua Florida! ¡Aleluya!