María Luisa, Maria Puy y Nicanor escuchan atentamente las explicaciones de Lautaro a la entrada de la fortaleza de Khiva
La noche en la habitación 329 de la madraza ha sido corta en sueño. Lástima de un espacio tan espléndido para una infraestructura tan mal rematada. Pero el contexto lo compensa casi todo: la habitación abovedada, las celosías, los nichos sobrios y, sobre todo, la galería exterior situada junto a la solemne entrada desde la que es posible acariciar los azulejos azul turquesa del siglo XVI y palpar los tonos verde-azulados del minarete cortado del siglo XIX, situado junto a la madraza.
De buena hora, tras un correcto desayuno en un espléndido espacio contiguo a la escuela coránica, iniciamos nuestra ruta.
Khiva es una ciudad espectacular, algo apartada de la ruta de la seda de la que forma parte. Situada en un amplio oasis, es hoy una población de 50.000 habitantes que guarda en su interior una espléndida ciudadela declarada a principios de los noventa patrimonio de la humanidad. Rodeada de murallas de adobe de gran basa y escasa altura, su interior es toda ella un conjunto monumental de primer orden.
Panel con los monumentos de interés de la ciudadela de Khiva señalados en azul
La visita la iniciamos junto a una de las puertas de entrada de la ciudadela. Un gran panel nos recuerda la ruta de la seda y la posición privilegiada de Uzbekistán en esta vía. Junto al panel, una estatua en bronce recuerda a uno de los hijos ilustres de Khiva, el pensador y matemático al-Juarismi, creador del algoritmo.
El tiempo se ha detenido en Khiva. Y los matices artísticos apenas son visibles para nosotros, no iniciados, si hablamos de los siglos XII al XIX. Así sucede en el mausoleo de Pahlavon Mahmud, el primero de los monumentos visitados. El edificio, centro actual de peregrinación, recoge los restos del fundador de la poesía sufí, en un edificio que resume la evolución artística de la región: siglos XII, XIV, XVI, XVIII, XX y XXI. Un patio con agua purificadora recibe a los peregrinos que pasan a un oratorio donde un imán ofrece alimentos y dirige una oración, tras la que las familias depositan una limosna. De ahí se pasa al espacio en el que reposa el pensador sufí, completamente decorado con mármoles y cerámica de gran gusto y suntuosidad. Dos aberturas en el cristal permiten depositar la limosna y tocar las jambas de la puerta con los que recibir los mejores augurios y esperanzas.
Vista general del interior de la ciudadela
El paseo por la ciudadela, un dédalo de edificios cívico-religiosos en los que habitaban el kan y su corte, nos conduce hasta la mezquita del viernes conocida con el nombre de Juma. El edificio es impresionante en medio de su sencillez y sobriedad: 212 columnas de madera tallada diversas y dispares componen un espacio espectacular. Los materiales más diversos y las etapas más discontinuas se aúnan para ofrecer un espacio de oración emblemático. Aunque de caracteres bien distintos, la mezquita de Juma se sumará a partir de ahora a la triada más relevante que yo conocía: Damasco, Córdoba y Kairuan. La visita nos permitió, además, conocer el tratamiento de la madera para hacer de las columnas elementos casi pétreos que aguantan impertérritas el paso de los siglos.
Vista de una de las columnas de madera, prácticamente petrificadas, de la mezquita de Juma
Buena parte de los edificios del complejo arquitectónico de Ichan-Kaka, por supuesto muy rehabilitados, aunque con gusto y buena técnica, corresponden al siglo XIX, época en que algunos de los kanes levantaron suntuosos minaretes, palacios y madrazas.
De aquellos sobresale el minarete cortado de Kalta Minor, un cilindro abigarrado en el que los colores azul, blanco y verde conviven armoniosamente. Además de símbolo de Khiva, fue nuestro vecino de habitación por lo que su recuerdo perdurará especialmente para nosotros.
Vista del minatere cortado de Kalta Minor y la madraza, nuestro hotel en Khiva
De entre los palacios, tuvimos ocasión de conocer, disfrutar y descubrir dos, correspondientes a los siglos XVIII y XIX. Sus rasgos dominantes serían lo intrincado de su arquitectura, la sobriedad exterior, y la exuberancia interior, sobre todo en la decoración de patios públicos y habitaciones privadas. La visión desde el mirador del castillo Kunya Ark, tiene un doble interés: unas magníficas vistas sobre Khiva y su entorno con el oasis cercano y el amenazante desierto bordeándolo todo, y la perspectiva del propio conjunto monumental, que encierra mucho más de lo que aparentemente .sugiere.
La visita vespertina termina con un espectáculo folklórico en el patio central de una de las madrazas de Khiva. La rusticidad de los elementos utilizados y la simpatía del niño que formaba parte del conjunto, junto con el entorno, merecen ser recordados.
Se echa la noche y los tenderetes que pululan por doquier dejan paso a una luna llena, un cielo estrellado y unas calles apenas transitadas. Mientras paseo acompañado de la hermosura y el silencio de una ciudad adormecida en la historia, Íñigo juega fuera de las murallas al ping-pong y al billar con unos jóvenes uzbecos acompañados de una estridente música de fondo. Separados por culturas y educaciones bien distintas, la edad les une en una relación que gratifica y consuela. Todos somos ciudadanos del mundo y ni la lengua ni la religión impide el trato fraternal y amistoso.
La sobriedad exterior del castillo de Kunya Ark contrasta con su riqueza interior
Y todo esto el Viernes Santo que, aparentemente, ha pasado inadvertido. Para recordarlo y revivirlo, nada mejor que transcribir el texto que el padre Donázar ha seleccionado para el folleto del viaje, correspondiente al evangelio de Juan: “José de Arimatea, discípulo de Jesús, solicitó de Pilato el permiso para hacerse cargo del cuerpo de Jesús y Pilato se lo concedió. Vino también Nicodemo, trayendo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe. Entre ambos llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas de lino bien empapadas en los aromas, según acostumbran a hacer los judíos para sepultar a sus muertos y depositaron el cuerpo de Jesús en sepulcro nuevo”.
¡Victoria, tú reinarás, oh Cruz tú nos salvarás!
Escrito por romanfelones 










