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La guerra civil española continúa siendo fuente inagotable de inspiración literaria y cinematográfica. Setenta y seis años después de su inicio, sus desgarradoras escenas de sangre y represión siguen alimentando a novelistas, ensayistas y guionistas de cine y televisión. Y no sólo la guerra, con su secuela de muerte en el campo de batalla y fuera de ella. También la posguerra, un periodo de dolor, miseria y represión, sin el tono exaltado de batallas y contendientes en lucha, ha sido objeto de interés y preocupación. Este es el caso de la novela de Dulce Chacón, aparecida en 2002, “La voz dormida”. La obra narra el sufrimiento inmisericorde de las mujeres republicanas en las cárceles franquistas , representado en personajes de carne y hueso entre los que sobresale Hortensia, que verá pospuesta su ejecución hasta que nazca su hija. Es una historia de silencios, amarguras, solidaridades, dignidad y coraje.
Durante estas navidades he tenido la novela algo aparcada en mi mesilla de noche. Su estilo pausado y nada estridente no me había enganchado especialmente. Otra cosa ha sido la película del mismo nombre, dirigida por Benito Zambrano, que acabo de ver la semana pasada. Salí de ella acongojado y emocionado a la vez. La historia es hermosa, la fotografía, excelente y la interpretación de las dos hermanas (María León e Inma Cuesta), extraordinaria.
La película es un alegato contra la sinrazón y el terror. Y un canto a la amistad, el coraje, la dignidad y la justicia. Es, sin duda, una película entrañable, que no deja a nadie indiferente.