En la historia contemporánea española, la democracia es un bien escaso que ha ido conquistándose de forma progresiva y esforzada. Las Cortes de Cádiz, un hito fundamental en nuestra historia constitucional, sentaron las bases de un sistema liberal moderno para nuestro país, aunque estuviese plagado de buenas intenciones y radicales insuficiencias. Pero el sufragio universal masculino cedió pronto su lugar a otras fórmulas más restrictivas, el sufragio censitario, que a excepción de los fugaces años de la Primera República, fue el dominante durante todo el siglo XIX. La Segunda República, un intento fallido de modernización política y social de España, incorporó el sufragio femenino, y hoy, tras el desgraciado paréntesis del franquismo, unas elecciones libres comportan una radical igualdad en el sufragio, que afortunadamente se ha ampliado también a las candidatas y candidatos electos.
Si del sufragio pasamos a los partidos, su evolución corre pareja con la de la propia sociedad española. Durante buena parte del siglo XIX, los partidos no fueron organizaciones populares y de masas, sino estructuras al servicio de la oligarquía con la única y exclusiva misión de sostener la maquinaria electoral. De nuevo, la época de la Primera República supone un antes y un después, con la eclosión del movimiento obrero y los grupos marxistas y anarquistas, lo que se traducirá en la aparición de los partidos políticos propiamente dichos, agrupados en torno a las familias obrerista, nacionalista, republicana y monárquica. Sólo bien avanzado el siglo XX, ya en la Segunda República, algunos partidos alcanzan la consideración de partidos de masas y son capaces de movilizar militantes y votantes e influir de forma activa y decisiva en el voto de la ciudadanía.
Y si sufragio y partidos han evolucionado, lo mismo cabe decir de las campañas. Hasta la época de la Segunda República, dominada España por la oligarquía, el caciquismo y el pucherazo, las campañas en ningún caso suponían una movilización popular, sino que se limitaban a ser procesos que legitimaban las decisiones previamente adoptadas por los partidos en ideas y personas. Las campañas electorales, tal y como las conocemos hoy, nacieron en la Segunda República, un momento de especial fervor político y electoral. La radicalización de las Españas, la importancia de periódicos y radios, y el liderazgo indiscutible de algunos dirigentes especialmente dotados para la arenga política -Azaña, Gil Robles y Prieto, entre otros- explican fotografías elocuentes de plazas de toros abarrotadas o recintos a rebosar. Sólo la transición democrática permitió unas escenas parecidas, con líderes de la talla de González, Guerra, Carrillo, Suárez, Fraga, Pujol o Arzallus jaleados por militantes y simpatizantes en plazas de toros, polideportivos y teatros. Los tiempos actuales han enfriado la participación activa en mítines y actos públicos y han impulsado el protagonismo de los medios de comunicación de masas, en especial de la televisión. Ahí se juegan los verdaderos combates, como hemos tenido ocasión de comprobar estos días.
Pero entonces y ahora, un grupo de gentes desconocidas vinculadas a organizaciones y partidos han hecho posible la presencia pública de los líderes. Papeletas electorales, octavillas, pasquines, vallas, furgonetas, estrados, atriles y micrófonos, son el territorio del militante anónimo y del simpatizante comprometido. Ellos nunca salieron en las fotos, ni fueron objeto del aplauso de los asistentes, pero las campañas no hubieran sido posibles sin ellos. Vaya para todos, mi recuerdo agradecido y mi homenaje merecido.
Y el domingo, a las urnas. El sufragio universal ha costado demasiado como para desperdiciarlo. Se impone, por tanto, la reflexión y el voto.
Escrito por romanfelones
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