Si algo ha caracterizado a la sociedad navarra tradicional ha sido la omnipresencia de lo religioso en todos los ámbitos de la vida. Y un elemento esencial de esta religiosidad, acorde con la mentalidad de quien vive en una tierra de paso, a su vez valle de lágrimas, es el ritual en torno a la muerte. Muerte que es desgarro, ausencia y recuerdo, y que en la medida en que para el creyente es también paso a una vida perdurable, nos remite a los difuntos como entes que todavía son y ejercen un influjo permanente entre nosotros. Viático, exequias, jaculatorias, misas de aniversario, oraciones por las ánimas, y visitas al camposanto son acciones que forman parte de las vivencias de todos aquellos que superamos en poco o en mucho la cincuentena.
La secularización intensa y continuada que Navarra ha vivido en las cuatro últimas décadas ha cambiado sustancialmente el panorama. El viático ya no es procesión nocturna camino de la casa del agonizante, las exequias en la mayor parte de los casos ya no incluyen el cuerpo presente del difunto, la caja de madera está a punto de quedar convertida mayoritariamente en urna, y las oraciones por las ánimas y las jaculatorias han sido relegadas al ámbito personal, sin presencia siquiera en muchos casos en el ámbito eclesial. Sólo perduran, aunque con signo bien distinto, dos elementos del viejo modelo: la misa de funeral y la visita al cementerio en torno al 1 de noviembre. Aquella es a la vez espacio de solidaridad y oración, a veces tan notoria en los alrededores como en el propio templo. Y la visita al cementerio, costumbre que se resiste a morir porque algo en nuestro interior nos empuja a estar con los nuestros ya ausentes, ha adquirido tintes casi festivos, con las flores propias de una sociedad opulenta como la nuestra, inundando y embelleciéndolo todo.
El domingo pasado, festividad de Todos los Santos, visité junto con mi madre y mis hermanos la tumba de mi padre y demás familiares en el cementerio de Los Arcos. La agradable mañana, más propia de un otoño primerizo que de comienzos de noviembre, convirtió al camposanto por unas horas en un gran cuarto de estar, reluciente de flores y de luz. En torno a las tumbas o los nichos, las familias se saludaban, sonreían, lloraban y rezaban. No había nada tétrico en el ambiente. La muerte era la continuación de la vida, el eslabón de una cadena que unía a generaciones distintas vinculadas por el apellido y la estirpe familiar. Sólo faltaban los niños, acostumbrados a la muerte violenta en la pantalla, pero cada vez más ausentes de los espacios vinculados a la misma en la vida familiar y social.
Vivir en la Navarra rural tiene también sus ventajas. Y esta tarde de martes, radiante, fresca y luminosa me he acercado al cementerio de Oteiza, antes de escribir estas líneas. El panorama era bien distinto al del domingo en Los Arcos. Situado en la ladera, con Montejurra al frente, su visión invitaba a una serena melancolía. Ordenado en su forma, uniforme en las cruces y estelas que recuerdan a los difuntos, solitario, florido y otoñal, he recorrido pausadamente sus calles entre el recuerdo, la oración y la nostalgia. Todavía quedan panteones, imagen de una sociedad injusta y clasista que pretendió perdurar incluso más allá de la vida. Pero, afortunadamente, son un anécdota histórica. Los demás permanecen igualados y fraternales, con una misma cruz y una misma estela, en una demostración sobria y palpable de que la muerte nos iguala a todos.
El sol va declinando y está a punto de ocultarse tras Montejurra. No se ha ido, pero no lo veo y sé que mañana volverá. “Todo lo reclama la muerte –sentenció Séneca- . Morir es una ley, no un castigo”. Y, aunque me guste la frase y lo que implica, prefiero recordar, camino de casa, una en la que creo y que he leído en el propio cementerio: “Aquí esperan la resurrección de la carne”. ¡Eso sí que es aspirar a la Vida!
Diario de Navarra 5/11/2009